Aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir se cantaba desde alguna tribuna futbolera hace mucho tiempo. Habrá que actualizar el cantito, en estos tiempos, para el personal de salud a lo largo y ancho del país. Embadurnarnos las manos con alcohol en gel y aplaudir hasta que nos queden las palmas rojas. Mantener el distanciamiento social en honor a su trajín diario. Usar correctamente el barbijos por el solo hecho de cuidarlos. No compartir el mate, lavarnos las manos frecuentemente y por sobre todas las cosas: escucharlos. Ponernos por un momento en sus zapatos y entender. Su cansancio que se vuelve eterno, el miedo cotidiano, la impotencia ante una sociedad indiferente. La fatiga por la mayor cantidad de horas trabajadas, los compañeros contagiados y la muerte zumbando en la oreja. Soportar la miseria de quienes, con cobardes carteles, discriminan en la puerta de los edificios de aquellos cuyo único delito es trabajar en un hospital. La situación de guerra, sin bombas ni aviones, pero co...